[...] Creo que por la concepción del cine que había aprendido, acerca de la comunión con la gente, el amor, el diálogo, la relación íntima de comunicación, yo no podía filmar sin que hubiese confianza y afecto. No podría coger una cámara y plantársela a un niño que estaba cargando ladrillos en sus espaldas. Luego nadie nos miraba porque nosotros llegábamos con la cámara cargada y Jorge se sentaba en un horno todo el día a observar que pasaban mil cosas del trabajo, de la fatiga, del hambre,que era una constante especialmente en los niños. En cinco años que estuvimos en los chircales, nunca vimos que la tecnología pasara de cargar ladrillos en la espalada, como se ve en una de sus fotos más famosas, a cargarlos en una carretilla. Y otra cosa, por ejemplo, el maestro Jean Rouch nos decía que si íbamos a filmar algo lo hiciéramos nosotros primero. Las mujeres se arrodillaban a amasar ladrillo todo un día y cuando yo lo hice tenía piedritas y vidrios, a ellas se les cortaban las manos y solo ganaban 15 mil pesos por día. Si no lo hacían, no comían porque la familia era la unidad económica de producción: entre más hijos, mejor. Al chiquito se le decía “el que no trabaja, no come”, la violencia con él era salvaje y cuando el más pequeño podía caminar, hacían gaveritas -donde cortan el ladrillo- para dos ladrillitos o para tres, según su edad.
Marta Rodríguez