Recuerdo “Muchos años atrás cuando mi madre me llevaba de la mano por aquellos largos callejones de Flandes con ese fuerte olor a café y el sonido de las trilladoras, máquinas insólitas, y nosotros allí frente a la vitrina y yo de cuatro años embelesado mirando aquel avioncito de lata pintado de plata, le decía a mi madre que era la navidad, que yo quería ese avioncito y ella me apretaba la mano y de repente prorrumpía en llanto y todo aquel desolado melodrama neorrealista. (…) ese infinito viaje en tren de Giradot a Bogotá y los ojos aterrados de mi madre mirando la ciudad por la ventana y la barahúnda en la estación de la Sabana y tú (descripción de mí mismo) de cinco años anonadado por el frío de esa inmensa casa bogotana con piso de ladrillo y tres patios donde pasarías tanto tiempo en medio de rezos, misas de cinco, “angelus”, escupitajos y tabacos para espantar al diablo y acordes trastabillantes de Chopin, saliendo del cuarto de planchar la ropa. Cerca de esa habitación con olor de ropa limpia y cerca de la cocina, en aquel infecto cuarto claroscuro, dormías con la puerta entreabierta hacia el patio encementado y fue allí que soñaste y en el sueño viste bajo la lluvia ese toro gigantesco, toro de lidia, que reluciente avanzaba en cámara lenta hasta tu cama, levantaba la raída cobija olorosa a orines, y tu allí desnudo, temblando de frío… (…) ese chico fue aprendiéndose de memoria todos esos rincones, calles, callejuelas, cafetines, prenderías acompañando a tu madre que buscaba trabajo de sirvienta, trasteando aquí y allá ese baúl con una foto de Mary Astor en la contratapa y para olvidar por unos minutos la miseria, te contaba cómo era que había visto Lo que el viento se llevó, pero al revés, porque los que no tenían para pagar la boleta de entrada, podían colarse, y veían la película en la parte de atrás de la pantalla” (Vejarano, 1987, 28).
Jorge Silva